domingo, 8 de junio de 2014

La falla del sistema educativo


Hoy vengo a hablar de las que considero problemáticas sistémicas de la educación académica y reglada en España, así como en otros países, en los que la formación académica parece discurrir por una senda diferente a la formación intelectual. 
Podemos observar esto analizando la carencia de estudios culturales amplios, la incapacidad de luchar contra lo establecido y de discernir entre ley y justicia. La ausencia de sentido lógico y pensamiento crítico, que evita cuestionar los supuestos axiomas de un sistema formado por hombres, no por un ente mágico, y además es la base del método científico. 
En definitiva, el principal problema sería, no ya no fomentar el pensamiento crítico y el raciocinio desde instituciones y programas educativos estatales, sino más bien la lucha de los programas educativos contra la instauración del libre pensamiento y la capacidad de formarse mediante un método, supuestamente académico y duramente criticado por profesores, que termina siendo una herramienta de homogeneización y adopción del sistema de pensamiento imperante como dogma.
La lógica aristotélica y su escasa influencia en la formación académica española no es tampoco un problema de cálculo o presupuesto político; más bien parece fruto del desprecio a la nada desdeñable capacidad de aprender a pensar correctamente. Recordemos que la lógica es la búsqueda de la verdad mediante el uso del razonamiento, utilizando instrumentos que persiguen la mayor objetividad posible. Que no se estudie en colegios o institutos más que de una forma anecdótica deviene en la imposibilidad de alcanzar el libre pensamiento y el razonamiento crítico del que ya hemos hablado; de poco o nada sirve tener cultura en un área determinada; hay que aprender a ejercer el control de la razón. Por ello, carece de sentido un sistema educativo que, contra las recomendaciones de los propios docentes, desestima enseñar a razonar a los alumnos. Un sistema que, de hecho, prefiere la memorización sin conocimiento ni cuestionamiento intelectual, o apela al llamado criterio de autoridad, personado en el programa educativo escrito por el gobierno de turno.
Hay que aprender que, si otro tiene argumentos más sólidos o una capacidad de razonamiento superior, podemos mejorar intelectualmente con sus enseñanzas, aún cuando no sean directas. Es decir, hemos de ser críticos, primero con nosotros mismos y, después, con los demás cuando sus argumentos no nos parezcan correctos. No hay que entrar en una confusión de términos, pues hemos de comprener la diferencia entre desconfiados y escépticos. Los primeros buscan contraargumentaciones falaces, descalifican, juzgan errónea e irracionalmente a priori, y pretenden encontrar el mal en toda actividad de personas ajenas. En cambio, el escéptico mantiene una posición respetuosa y de búsqueda de la verdad. Un auténtico escéptico está dispuesto a aceptar que sus argumentos pueden ser peores que los de otro. .
La lógica debiera ser una constante en la formación académica, al menos, hasta llegar a la universidad (y su formación debiera continuar por cuenta propia, con las herramientas adquiridas en colegio, instituto, lecturas...). Por causa de esta malformación educativa estatal, impuesta por la lógica del gobernante que no quiere un pueblo cultivado, llegamos a un punto en el que nos encontramos con licenciados incapaces de debatir, sociedades clasistas que no demuestran capacidad de debate sino de insulto, valoraciones académicas y profesionales erróneas, y un menosprecio sistemático del arte de la argumentación.
Finalmente, se critica a todo aquél que aporte razones, se le tilda de sabiondo, listillo... y se aclama el cacareo, el insulto fácil, o la descalificación como recurso no argumentativo.



El sistema educativo tiene un problema añadido; sus carencias a la hora de motivar al alumno, de mostrarle las ventajas del saber. Al no existir un razonamiento y un punto de vista propio, al fallar la decodificación de un mensaje implícito (algo común en las artes), el alumno termina por conceptuar los estudios como una actividad molesta, en lugar de tener sensación de crecimiento. 

Si hay algo que agradezco de mi formación (familiar y propia, pero no académica), es que se fomentara el libre pensamiento en mi vida. No tomar el insulto o la descalificación por argumento , debatir y aprender de mis errores, de mi propio exceso de ego, de mi tendencia a querer tener la razón a toda costa (tendencia que durante la juventud suele ser lógica). No hacer uso de la fuerza, sino de la razón. No hacer alarde de logros o caer en las figuras de referencia de forma dogmática (X dijo Y, X es importante, luego Y es cierto).
Hasta que no aprendamos todo esto, los pueblos seguirán supeditados a los gobernantes y sus decisiones no podrán ser cuestionadas por sus "súbditos".

Soy el primero que rechaza juzgar la competencia y la cultura de una persona por una carrera o la formación académica, partiendo de que a la vez respeto mucho una carrera en un ámbito profesional (no vital) y la cultura en ese ámbito general que concede a quienes de verdad se han interesado por el saber y no por la nota. 

No suelo personalizar en mí mismo, pero esta vez lo haré; es muy posible que en no mucho tiempo tenga un doctorado por Bolonia en mi ámbito profesional, y este hecho no cambiará mi cultura general ni mi personalidad; no seré una persona diferente por el hecho de ostentar un título superior. Mi cultura está cimentada sobre la lectura de obras de filosofía, literatura clásica, contemporánea, mi afición al cine y las series, la filosofía... Mi formación, mi educación, y mis capacidades (para bien y para mal) provienen de una formación que, en muchas ocasiones, ha caminado por sendas muy alejadas de la educación académica tradicional. Fue un interés propio bien dirigido por mis padres el que me permitió crecer en ese sentido.
Y eso no lo he hecho porque sea más que nadie, o porque sea más inteligente, al contrario. He tardado muchos años en aprender a ser quien soy, a no querer tener razón per sé o debatir sin argumentos, a no creerme en posesión de la verdad. 

En esta vida mucha gente es tremendamente inteligente, brillante. Pero, por desgracia, muchas de esas personas, más capaces en potencia que otros, desperdician su potencia al no convertirla en acto, precisamente por culpa de una formación/educación incompleta, por no utilizar la razón y no pensar correctamente. A su vez, en cualquier lugar del mundo encuentras personas que apenas tienen el bachillerato o un graduado escolar, con una vasta cultura general y capaz de argumentar mejor que un doctorado en derecho, medicina o psicología. Esto es fruto de una formación no académica. Pero lo cierto es que el sistema educativo debería guiar al alumno para que disponga de más herramientas a la hora de aprender a pensar. 

Para concluír, y siguiendo mis premisas, que pueden o no ser ciertas, un sistema educativo exitoso no es aquél que busca la obtención de un título o una calificación basada en una prueba única, sino el que proporciona herramientas y mejora el raciocinio, el autoconocimiento, y la cultura general y específica del alumno. Es de lógica pensar que un profesional estará más cualificado si su formación le permite pensar y cuestionar los dogmas para generar nuevas realidades más eficientes. 
Además, existen diversas formas de motivar, orientar y ayudar, pero resulta evidente que estudiar basándonos en la creencia falsa de que una figura de autoridad es intelectualmente inviolable cual rey, memorizar sin comprender, leer sin incorporar la información, y tratar temas históricos sin conocer el contexto real, es una condena formativa en firme. 

Es hora de que dejemos de ver a los que han ostentado el poder como si fueran dioses en un panteón, cuando la mayoría no pasan de títeres o personalidades nulas intelectualmente jugando al juego de tronos. Es hora de comprender que este sistema educativo les interesa, por no formar a individuos, sino ganado. Es obvio que las personas con una carrera, FP, diplomatura, máster, doctorado... suelen tener un interés cultural general y no únicamente específico, que pueden ser personas despiertas intelectualmente, como muchos otros. Pero también lo es que la formación no comienza en la universidad; no es más que una especialización que, en ningún caso, debería ser incompatible con una formación completa, la más necesaria para afrontar la vida.



Manuel Báez Duarte
 

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